viernes 6 de noviembre de 2009

Carmilla, de Sheridan Le Fanu



“Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidió que le acompañara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se extiende ante el castillo.


-El general Sipeldorf no vendrá a visitarnos, como esperábamos – me dijo, durante el paseo.


Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el castillo. Con él debía venir también su joven sobrina y pupila, la señorita Reinfelt. Yo no conocía a la señorita Reinfelt, pero me la habían descrito como una joven encantadora. Quedé muy desilusionada ante la noticia que acababa de darme mi padre; mucho más de lo que pueda imaginar alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva amistad que seguramente había de surgir de ella, había sido objeto diario de mis pensamientos durante muchas semanas.


-¿Cuándo vendrán? –pregunté.


-El próximo otoño. Dentro de un par de meses –respondió mi padre, y añadió: -Me alegro, querida, de que no hayas conocido a la señorita Reinfelt.


-¿Por qué? –inquirí, molesta y curiosa al mismo tiempo.


-Por que la pobre muchacha ha muerto.


Quedé sumamente impresionada. El general Spieldorf decía en su última carta, seis o siete semanas antes,

que se sobrina no se encontraba muy bien, pero nada hacía pensar en la posibilidad, ni siquiera remota, de un grave peligro.


-Aquí tienes la carta del general –continuó mi padre, entregándomela -. Me parece que está muy trastornado. Indudablemente, cuando escribió la carta se hallaba muy excitado.


Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos.


El sol desaparecía con todo su melancólico esplendor detrás del horizonte selvático, y el torrente que discurría junto a nuestra mansión reflejaba el colorido escarlata del cielo, cada vez más pálido. La carta del general Spieldorf era tan insólita y apasionada, que la releí detenidamente para comprender su sentido. Quizás el dolor había trastornado su mente.


Decía así:


“He perdido a mi querida sobrina: la quería como a una hija. La he perdido y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en la paz de la inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una compañía querida para mi Berta. ¡Dios mío! ¡Qué loco he sido! Consagraré los días que me quedan de vida a la caza y destrucción del monstruo. Sólo me guía una débil luz. Maldigo mi ceguera y mi obstinación... todo... Es demasiado tarde. En estos momentos no puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado. En cuanto esté mejor me dedicaré a la búsqueda e iré posiblemente hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el otoño, iré a visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo os contaré lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por mí, queridos amigos”



Joseph Sheridan Le Fanu (Irlanda, 1814-1873) novelista y periodista irlandés. Nació en Dublín, en el seno de una familia de ascendencia hugonote, entre cuyos miembros figuraba el dramaturgo Richard Brinsley Sheridan. Le Fanu fue educado por su padre, un sacerdote, y por diversos tutores privados, y completó su formación en el Trinity College de Dublín. Comenzó entonces a colaborar con la revista de la Universidad de Dublín y en 1837 pasó a formar parte de su plantilla de trabajadores fijos, para convertirse más tarde en su editor y propietario. Le Fanu transformó una publicación estudiantil en una revista de importancia europea.


En 1839 fue aceptado para ejercer la abogacía, pero prefirió dedicarse al periodismo y el negocio de los medios de comunicación. Compró The Warden, el Evening Packet y el Dublin Evening Mail, fusionando las tres publicaciones en Evening Mail. Tras la muerte de su esposa, en 1858, se retiró de la sociedad y se convirtió en el "Príncipe invisible".


A partir de ese momento empezó a escribir novelas y relatos de misterio e intriga que se inscriben en la tradición gótica. Entre sus novelas destacan La casa junto al camposanto (1863) y Tío Silas (1864), la apasionante historia de una muchacha amenazada por su siniestro guardián. En 1872 publicó cinco relatos bajo el título de En un espejo a oscuras. Si bien su fama se resintió con el paso del tiempo, su figura ha renacido recientemente con la aparición de nuevas ediciones y adaptaciones escénicas de su obra, mereciendo así el reconocimiento por su aportación a los géneros del relato de terror y el thriller psicológico.


Carmilla fue una de las primeras historias de vampiros en ser escritas, basándose en la legendaria historia real de la hermosa Condesa Elizabeth Bathory (La Condesa Sangrienta) para crear a la bellísima Carmilla, convirtiéndose en la inspiradora y precursora de muchas obras de éxito, como Drácula de Bram Stoker quien se basó en muchas características de Sheridan Le Fanu para escribir su obra.


Carmilla, de Sheridan Le Fanu


Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer, la primera adaptación de Carmilla al cine.

The Vampire Lovers (1970) No es precisamente una adaptación, pero utiliza los mismos personajes de la novela.


Ilustración de D.H. Friston de la primera publicación de Carmilla en la revista The Dark Blue en 1872



jueves 29 de octubre de 2009

El Vampiro, de Polidori


“Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.

Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda.

Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.

En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.

En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le rodeaba.

No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo”


Siguiendo con el tema del vampiro, les presentamos ahora a John William Polidori (7 de Septiembre de 1795 - 24 de Agosto de 1821).

Creador de la tradición del género fantástico de vampiros. Polidori, hijo de un político italiano emigrado, fue uno de los primeros pupilos en Ampleforth College, en 1804. Se fue de allí en 1810 a la Universidad de Edimburgo, donde obtuvo su doctorado, y en 1816 empezó a trabajar al servicio de Lord Byron como su médico personal.

En 1816, ya convertido en médico, Polidori acompañó a Byron en un viaje a través de Europa. En Ginebra, Suiza, ambos conocieron a Mary Wollstonecraft Shelley, a su marido, Percy Bysshe Shelley, y a su acompañante, Clair Clairmont. Y fue justamente una noche, en el mes de junio de ese año, después de que el grupo leyera en voz alta algunos cuentos de terror, que Byron sugiriera que cada uno de ellos escribiese una historia de fantasmas. Mary Shelley trabajó en un cuento que evolucionaría luego en la famosa obra "Frankestein". Byron escribió (y pronto abandonó) el fragmento de una historia que Polidori usó luego de inspiración para su propio cuento.

En lugar de usar al cruel y bestial vampiro del folclore popular como base para su historia, Polidori inspiró su personaje en el mismo Byron. Polidori llamó a su personaje "Lord Ruthven" en clara alusión a Byron. El nombre fue originalmente utilizado en la novela de Lady Caroline Lamb -"Glenarvon"- en la cual la figura de un Byron, muy cercana a la real, fue también llamada "Lord Ruthven". El "Lord Ruthven" de Polidori no fue sólo el primer vampiro en la ficción inglesa, sino que, además, fue el primer vampiro de ficción propiamente tal como lo reconocemos hoy en día: un demonio aristócrata que acecha entre la alta sociedad.

La historia de Polidori, "El vampiro", fue publicada en Abril de 1819 en la "New Monthly Magazine", lo que provocó un disgusto para él y para Byron, ya que "El vampiro" fue publicado como un nuevo trabajo de este último. Luego Byron publicó su obra "Fragmento de una novela", en un intento de aclarar el mal entendido, pero, para bien o mal, "El vampiro" continuó siendo atribuido a él.

Violentamente despedido por Byron, Polidori retornó a Inglaterra, y en 1820 le escribió al Prior (superior religioso) de Ampleforth con la intención de recluirse, pero la carta se perdió; aunque la respuesta del Prior le deja en claro que considera a Polidori, con sus conocidos escándalos literarios, un caso inapropiado para la reclusión en un convento. Después de haber escrito un ambicioso poema sacro "La caída de los ángeles", en 1821, Polidori, sufriendo una fuerte depresión, muere en circunstancias misteriosas, probablemente a raíz de un veneno auto administrado, a pesar de que el veredicto del médico perito fue que había muerto "por la visita de dios".

El destino de Polidori ha sido recordado sólo como una nota a pie de página de una historia romántica, pero su nombre pudo haber sido mucho más conocido si su hermana no hubiese destruido los diarios que él guardaba de sus viajes con Byron. Así como fue uno de los "parteros" del monstruo Frankestein y creador del mito literario del vampiro, Polidori también fue tío de los famosos hermanos Dante Gabriel y Christina Rossetti, el primero gran pintor, y la segunda, tal vez, la más famosa poetisa de Gran Bretaña.


El Vampiro, de Polidori


miércoles 21 de octubre de 2009

Drácula



"De modo que caza animales para no lastimar a los seres humanos... ¡¡¿Pero es que acaso eres un maldito mari...?!!"


Drácula sobre el protagonista de Crepúsculo


"Aunque la tal Bella no esta nada mal..."


Drácula sobre la protagonista de Crepúsculo



El vampiro, en cuanto a su imagen y lo que representa como mito cultural, ha variado a lo largo del tiempo, en el principio tan solo era un cadáver ambulante que se levantaba de su tumba para alimentarse de la sangre de los vivos. Mientras que con la novela de Bram Stoker el vampiro se transformo en un aristócrata de rancio abolengo, representando no solo la xenofobia y el miedo a lo extranjero, sino cargando también con un componente erótico y sexual bastante fuerte y trasgresor para aquellos tiempos victorianos. Casi un siglo después, en la década de 1980, Anne Rice los transformo en metrosexuales de orientación sexual dudosa, convirtiéndose en una metáfora –seguramente involuntaria- del surgimiento del SIDA e incluso de los avances en materia de respeto y derechos por parte de las minorías sexuales, vean sino la singular “familia” compuesta por Lestat, Louis y la niña Claudia en Entrevista con el vampiro. Y aun así, seguían siendo monstruos sedientos de sangre y sin la menor conciencia.


Ahora, en estos tiempos decadentes, el vampiro se ha transformado en el novio ideal de toda chica núbil, y en el yerno ideal de todo padre y madre de adolescentes. Alguien dispuesto a “esperar”, por toda la vida si es necesario, para consumar, no su sed de sangre, sino su amor solo después de pasar por el sagrado vinculo del matrimonio… Cuanto mal has hecho al mundo, Stephanie Meyer.


Así, en medio de versiones ultraviolentas (Blade, Underworld ), detestables (Crepúsculo), metáforas de la opresión a las minorías (True Blood) y mucha basura, siempre es bueno volver al origen.


Drácula, de Bram Stoker


Drácula, de Francis Ford Coppola


A continuación un excelente articulo sobre nuestro conocido Conde, escrito por Maribell Carbonell y publicado originalmente en Realidad literal.


Vamos a hablar de un mito literario que ha alcanzado la universalidad (aunque su difusión se deba principalmente al cine): Drácula, el arquetipo mismo del vampiro. La novela de Bram Stoker publicada en 1879 y recibida como novela gótica tardía desbordó en sus repercusiones el cerrado ámbito del género.

Lo que diferencia a Drácula de otras ficciones sobre vampiros (tanto las que le precedieron como las que fueron apareciendo después) es que ha sabido encarnar la esencia misma del vampirismo y ha actualizado un mito fascinante, cuyas formas varían según las épocas.

El conde Drácula representa bastante más de lo que hasta entonces se entendía por vampiro: un ser sobrenatural de naturaleza maligna, un cadáver viviente, nocivo y asesino, que chupa la sangre de las personas dormidas. El hechizo que despliega desde el escenario gótico de su tenebroso castillo, más que macabro es voluptuoso.

Aunque odioso, no deja de ser atractivo e irresistible: la víctima cae en una especie de dulce inconsciencia que le obnubila; es consciente del peligro que entraña su abrazo fatídico, pero al mismo tiempo le atraen las cumbres del éxtasis y pasión que aquél puede proporcionarle. Como ha visto el director de cine Francis Ford Coppola, el vampiro stokeriano "a través de resonancias afectivas cuyos aspectos mórbidos están siempre presentes: necrofilia y sadomasoquismo, pero también acusado trasfondo sexual" simboliza el amor que trasciende el tiempo y el espacio.

Tal vez eso explique su universalidad y actualidad que comparte con otros mitos como Tarzán, Sherlock Holmes y el monstruo de Frankenstein, entre otros.

El libro no ha dejado de publicarse desde su aparición en 1879, esa longevidad y sus perturbadoras resonancias psicológicas explican que se haya convertido en un clásico indiscutible.

El primer empujón en esta escalada de popularidad se lo dieron las adaptaciones al teatro, ya que según una extendida leyenda del mundo teatral, el proyecto inicial fue un drama para lucimiento de Henry Irving, famoso actor, de quien Stoker era apoderado. Stoker conocería sin duda el éxito de las versiones teatrales de El Vampiro de Polidori y quiso probar suerte con el suyo. Irving y Stoker se reunían regularmente buscando obras de teatro o relatos que se adaptaran al talento del actor y en una de esas reuniones se consideró la posibilidad de utilizar Drácula para el actor. Sin embargo, el personaje no gustó al actor.

Interesa resaltar lo que cuenta la actriz y compañera de Irving, para quien "Drácula es una inolvidable caricatura de Irving... que se apoderaba de la mente de otros tan intensamente que unía lo teatral y lo sobrenatural"; así como lo que dice un descendiente del escritor que asegura que la novela "fue inspirada por el profundo resentimiento que Stoker sentía contra Irving por la influencia y control que éste ejercía sobre él, paralizando sus aspiraciones literarias. Fue para él como un vampiro casi literal".

La obra se representó durante años en el teatro con un gran éxito. Fue su impacto teatral lo que impulsó la difusión del libro, abriéndole las puertas del cine.

La interpretación del personaje por el oscuro actor húngaro Bela Lugosi marcó en lo sucesivo la imagen del conde stokeriano en la película de Tod Browning, la más clásica de las sucesivas adaptaciones para la pantalla, a pesar de no ser la primera (hubo dos versiones mudas: una húngara, hoy perdida, y la genial Nosferatu de Murnau, que prescindió del evocador nombre y la trama inglesa para eludir el pago de derechos) y basarse más en la función que en la novela. El cine (y no sólo el americano) acabaría por dar el espaldarazo a la popular creación de Stoker con una gran cantidad de caracterizaciones, entre las que destacaría la de Christopher Lee, que rompió la estereotipada y vodevilesca imagen de Lugosi.

La extensa filmografía es la mejor prueba de la universalidad del mito, que también ha ido encontrando acomodo en otros medios de difusión como en la radio (Orson Welles adaptó la novela e interpretó al conde en su famosa dramatización radiofónica en 1938), cómic, televisión (proliferación de series a la manera de los clásicos superhéroes, películas, como la adaptación en color de la película de Coppola), composiciones musicales (como la canción Drácula-Cha-cha-cha de la película Agárrame Ese Vampiro), series de relatos y novelas con enfoques dispares, poco acertados en ocasiones. También ha inspirado una ópera The Vampyr: A Soap Opera, de Heinrich Marschner. Además cuenta con clubes de fans y entidades culturales dedicadas al estudio exhaustivo de la novela y su autor.

Pero... ¿quién fue en realidad Stoker, y cómo llegó a escribir un libro tan emblemático y perdurable?

El autor

Durante veintisiete años, Stoker trabajó ingente y fielmente para Irving, y al parecer con escasa recompensa económica, ya que al morir el actor en 1905, el escritor tuvo que pedir dinero prestado a sus amigos para sobrevivir. En la época en que escribió Drácula tenía graves problemas económicos y el trato entre ambos era cada vez más difícil. El escritor nunca llegó a saber lo que Irving pensaba de él o de su obra literaria. Pero no le impidió escribir y es posible que le influyera en la gestación de su obra maestra, como ya hemos comentado más arriba.

La personalidad de Stoker era dual: por el día ajetreada vida pública, y supeditada siempre a su megalómano jefe; y por la noche renacía como el conde famoso y mantenía una intensa vida privada (murió de sífilis) y tenía tiempo también para escribir textos fantásticos donde refleja esa dicotomía en la oposición de dos mundos: uno realista (localizaciones geográficas concretas, minuciosas descripciones costumbristas, exhaustivas referencias históricas); el otro, sobrenatural, misterioso y terrible. En un momento dado ambos se yuxtaponen y enfrentan entre sí: lo sobrenatural irrumpe sin avisar en la cotidianidad del relato. Es en este tránsito de un mundo a otro donde es un maestro: sin que el lector lo advierta, el elemento extraño y perturbador se inserta con naturalidad en la historia gracias a una atmósfera gradual y sutilmente sugerida que acaba por precipitar el combate final entre el héroe stokeriano y las fuerzas del Mal.

Esa ambivalencia es uno de los temas recurrentes en toda su obra: las identidades inestables y secretas, las personalidades subalternas, el yo escindido, las paradojas de la identidad sexual. En Las Arenas de Crooken un pacífico comerciante londinense que veranea en Escocia descubre horrorizado que lleva una doble existencia. En The Dualists or the Death Doom of Double Born, dos mozalbetes se dedican a aterrorizar a las chicas del vecindario matando a sus animales mascota, y acaban asesinando a una pareja de hermanos gemelos; y al ser descubiertos por sus padres, los matan y les cargan póstumamente con el infanticidio, acusándoles además de suicidio, por lo que son enterrados con una estaca clavada en el corazón. En The Man la heroína se llama Stephen (sus padres querían un hijo varón). En Famous Impostors examina las verdaderas historias de algunas mujeres que se disfrazaron de hombre, y la supuesta de un hombre que se convirtió en mujer.

Pero es en Drácula donde el tema del doble adquiere mayor relevancia al sugerir Stoker que el vampiro no representa simplemente una amenaza externa, sino algo interior que estaba ya al acecho, o sea el "otro yo" de Jonathan Harker (el apellido lo tomó de un protegido de Irving, del que admiraba su perseverancia y coraje).

El vampiro es más que un fantasma o aparecido. Es un doble. Ha sufrido una lenta y progresiva metamorfosis, de naturaleza moral, psicológica, social. Conlleva la destrucción de su personalidad, con la exclusiva subsistencia del doble a-normal, del que ahora es reflejo o sombra (por eso le es imposible proyectar sombra o reflejarse en los espejos). A partir de que Drácula se disfraza con la ropa de Harker para achacarle sus propias fechorías, se produce una paulatina fusión de identidades entre ambos, luego confirmada al comprobar el joven pasante que empieza a parecerse físicamente al conde (hasta encanece hacia el final del libro) y a compartir cosas con él, como el amor de Mina. A su vez, sus víctimas se convierten en vampiros: además de intercambio de sangre, existe una misma identidad compartida; de ahí los cambios operados en Lucy y en Mina, cuya relación telepática con Drácula se revela útil y peligrosa.

El parecido facial de Drácula con las tres mujeres vampiro que viven con él en el castillo puede atribuirse a su posible parentesco (¿hermanas?, ¿hijas?, ¿esposas?), pero su subordinación total -no pueden actuar por su cuenta, están encerradas y él les proporciona el alimento- debería interpretarse más bien como un desdoblamiento de la personalidad.

Otra extravagancia del autor fue su supuesta pertenencia a la Hermetic Order of The Golden Dawn (secta iniciática en la que ingresa hacia 1887) que su biógrafo niega. En cualquier caso, Stoker muestra a lo largo de su obra una gran familiaridad con el esoterismo, lo que hace pensar que era un verdadero adepto y que su conocimiento era de primera mano. Los símbolos y la iconografía hermética se han asociado a Drácula desde su publicación. El primer resumen en rústica que publicó Constable (1901) presentaba una cubierta dibujada en un estilo simbólico, reminiscencia de la imaginería del Tarot. Y en la cubierta de la edición de Rider (1916) el ilustrador superpuso sobre la capa flotante del conde el clásico Ave Fénix.

Animado tal vez por el éxito de Drácula, o desengañado de su trabajo en el Lyceum, cada vez más problemático a medida que la carrera de Irving avanzaba hacia su ocaso (Stoker permaneció fielmente a su lado hasta su muerte en 1905), dedicó los últimos años de vida a escribir, aunque nunca superó su genial creación. Si antes de Drácula se dedicó con acierto al relato corto (La Casa del Juez, La Boca del Río Watter, La Mujer India o El Entierro de las Ratas), a partir de entonces escribió novelas y no sólo de terror. Tras dos nuevos cuentos en la misma línea que los anteriores (Las Arenas de Crooken y El Secreto del Oro Creciente), alternando con atildadas novelas románticas, libros de memorias y ensayos pseudohistóricos, compuso tres ambiciosas novelas de corte fantástico, que, confirman sus dotes para el género.

Las tres están emparentadas más o menos con su modelo e inciden en temas análogos: La Joya de las Siete Estrellas, que narra en clave iniciática y detectivesca un misterio relacionado con la egiptología: la resurrección de la momia de una antigua reina. Un abogado, Malcolm Roos, acude a casa de la muchacha de la que está enamorado al recibir una misiva a hora intempestiva. El padre de la joven es egiptólogo y le hará una curiosa petición. Ross se verá envuelto en una fascinante aventura. El esoterismo, ocultismo, astrología, que tanto atraía a Stoker, está bien presente en la obra, en la que resucitará Tera, la diosa egipcia. The Lady of the Shroud, trata de una princesa balcánica que pretende ser una vampira. La Madriguera del Gusano Blanco, escrita al parecer bajo el efecto de las drogas (según Farson, las tomaba para aliviar el dolor de la nefritis y gota que padeció en los últimos años), su estrafalaria y divertida trama, mezcla supersticiones druidas, britanas y romanas para contar una historia con resonancias draculianas en la que el villano es una atractiva mujer-serpiente que, cuando no adopta la forma humana, vive en un pozo profundo al que arroja a sus víctimas. Un verdadero monstruo antediluviano difícil de vencer. Fue la novela más popular después de Drácula con gran profusión de símbolos sexuales y surrealismo gótico.

El perfil de la bestia

Una de las mayores novedades de Drácula es su personal visión del vampirismo, algo distinta de la que existía hasta ese momento. Remodeló a fondo todas sus fuentes, folklore balcánico, numerosos antecedentes literarios, creando una nueva imagen del vampiro bastante nueva y original. Ignora el hecho de que los vampiros son criaturas de la noche y hace que Drácula funcione de día también (como los vricolacos griegos), aunque no a pleno rendimiento de sus facultades.

Como principales novedades respecto a la tradición tenemos: actúa siempre por instinto y puede ver en la oscuridad e incluso atravesar la espesa niebla de Londres; aunque nunca come ni bebe, es enormemente fuerte; tiene poder sobre las ratas y otros animales del zoo; muestra una actitud ambivalente ante los iconos religiosos: sólo le afectan las reliquias más antiguas, las recientes le dejan indiferente; tiene un colmillo blanco y el poder mágico de alargarlo o acortarlo; no puede entrar en una casa si no le invita alguien de su interior, pero después podrá volver cuando quiera; no se refleja ni tiene sombra (tomada de la tradición germánica, donde el reflejo o la sombra simbolizan el alma, que el vampiro ha perdido): en el castillo no hay espejos y las luces están dispuestas para no dar sombra.

Conforme avanzaba la novela, añadió características del vampirismo del folklore, es decir, de las creencias y hechos atestiguados por documentos históricos. Es el caso de la rama de rosal silvestre sobre el ataúd para evitar que lo abandone, su aliento fétido o sus rasgos físicos más notorios: estatura elevada, perfil aguileño, frente alta y abombada, cabello abundante, cejas muy pobladas, orejas largas y puntiagudas, labios rojos e hinchados, manos bastas y anchas, con dedos cortos y gruesos y vello en las palmas, delgadez y palidez extraordinarias, etc. (en su fisonomía es evidente la influencia del "modelo criminal" de los textos de criminología y también el folklore de los hombres-lobo). Y a veces modificó esas tradiciones, como el vampiro que no pueda atravesar el agua más que con marea ascendente, o que se transforme en un murciélago. Aunque Rumania es uno de los raros países en los que el vampiro se transforma en animal (perro, gato, sapo, rana, piojo, pulga, araña, etc.), jamás lo hace en murciélago.

Pero en Drácula hay otros componentes, además del folklórico le influye el modelo byroniano (o polidoriano) de aristócrata perverso y fatal, de mirada penetrante, modales exquisitos e irresistible atractivo para las mujeres. Pero Stoker transforma bastante su apariencia externa, acercándola más al vampiro gótico tipo Varney (elevada estatura, rostro cetrino, ojos hipnóticos, dientes salientes, capa negra, etc.), y se toma mucho tiempo en subrayar su encanto anglófilo: habla un inglés excelente, tiene una sonrisa encantadora, se muestra extremadamente cortés en circunstancias adversas. Y le convierte en un anciano cadavérico que ha pasado ya lo mejor de su vida. Le ofrece un pasado glorioso y una nueva dimensión: es una figura histórica de rango militar y recio abolengo.

Stoker basó su personaje en la figura histórica de Vlad IV, soberano de Valaquia en 1448, conocido también como El Empalador, por su afición a empalar en largas estacas a sus enemigos y por las atrocidades de todo tipo que realizaba en las campañas militares que emprendió. Innumerables leyendas de la tradición popular rumana confirman estos execrables hechos, por lo que no es raro que se le apodara Drácula o Draculea con el significado de "demonio", aunque en su origen tenía otro sentido. Su padre Vlad III era conocido como Dracul (el Dragón, de draco=dragón en latín) por pertenecer a la Orden del Dragón y de ahí el apelativo de Drácula (hijo del Dragón). En ninguna leyenda se le acusa de vampirismo, ni brujería ni magia negra y pocas se refieren a Transilvania. En la actual historia rumana, Vlad es un héroe mítico como Arturo o Carlomagno, siempre dispuesto a luchar si la patria se ve amenazada.

El parecido facial entre su personaje y Vlad Tepes es innegable, como puede comprobarse comparando los primeros grabados en madera del siglo XV o su retrato, y la descripción del conde en la novela. El título es una concesión a la tradición gótica que asociaba al villano con la aristocracia rancia de algún país exótico. Pero además acentuó su aspecto heroico y guerrero, dándole un árbol genealógico ilustre, los szekler, descendientes de Atila. Lo que perdía de atractivo físico inmediato lo ganaba con su glorioso pasado bélico. De ese modo su figura adquiría una dimensión trágica, que hace hincapié en la soledad del mal: su avidez es el reverso de la frustración. Por muy terribles que sean sus acciones, está poseído por una descomunal fuerza oculta que escapa a su control. Su monstruosidad es ambigua. No siempre es reconocible como tal.

Antes de matar seduce, corteja a sus víctimas. A la vez que insiste en su animalidad primordial (Van Helsing alerta a sus compinches de la mente infantil del vampiro, de su irracionalismo instintivo), Stoker vincula su imagen a las ansiedades y preocupaciones de su época, hipócrita y represiva. Ofrece la vana ilusión de la inmortalidad, satisface el deseo subconsciente que todos tenemos de un poder sin límite, de una considerable fuerza física y mental, y sobre todo de una emancipación sexual. Nos invita a la trasgresión con su desaforada apología del placer y reivindicación de los derechos fundamentales del cuerpo humano frente a la doctrina que predica el ascetismo y únicamente admite la inmortalidad del alma.



"Me salvaron tres golpes rápidos en la puerta. Charlie puso los ojos en blanco y yo salté de la silla.

—¡Entra! —grité, mientras Charlie murmuraba algo parecido a «lárgate». Le ignoré y fui a recibir a Edward. Abrí la puerta de un tirón, con una precipitación ridicula, y allí estaba él, mi milagro personal.

El tiempo no había conseguido inmunizarme contra la perfección de su rostro y estaba segura de que nunca sabría valorar lo suficiente todos sus aspectos. Mis ojos se deslizaron por sus pálidos rasgos: la dureza de su mandíbula cuadrada, la suave curva de sus labios carnosos, torcidos ahora en una sonrisa, la línea recta de su nariz, el ángulo agudo de sus pómulos, la suavidad marmórea de su frente, oscurecida en parte por un mechón enredado de pelo broncíneo, mojado por la lluvia..."(Eclipse, pagina 213… creo, no pienso comprobarlo)

Stephanie Meyer y el secreto de su éxito a la hora de escribir un Best-seller.


Nadie sabe porque a algunos el vampirismo les resulta tan seductor.


sábado 10 de octubre de 2009

La elocuencia de los fantasmas, de Ambrose Bierce


Testigo de un ahorcamiento

Un anciano llamado Daniel Baker, que vivía cerca de Lebanon (Iowa), fue acusado por sus vecinos de asesi­nar a un vendedor ambulante al que había permitido pernoctar en su casa. Esto ocurrió en 1853, cuando la venta ambulante era mucho más usual que ahora en el Oeste y realizarla implicaba un peligro considerable. Los buhoneros, con sus fardos al hombro, recorrían el país por caminos desiertos y se veían obligados a buscar la hospitalidad de los granjeros. De esta forma entra­ban en contacto con extraños personajes, algunos de los cuales no tenían el menor escrúpulo a la hora de ganarse la vida por medios que consideraban acepta­bles, como por ejemplo el asesinato. De vez en cuando se oía contar que uno de esos vendedores había llegado a casa de un tipo violento con su hato vacío y su bolsa llena y nadie había vuelto a saber más de él. Eso fue lo que ocurrió en el caso del «viejo Baker», como todos le llamaban (en los poblados del Oeste sólo se da tal apelativo a los ancianos a los que, al ser rechazados socialmente, se les echa en cara la edad): un buhonero llegó a su casa y no volvió a salir.

Siete años más tarde, el reverendo Cummings, sa­cerdote baptista conocido en la región, iba una noche con su carreta por los alrededores de la granja de Baker. No era noche cerrada, pues por encima del velo de niebla que cubría el terreno se podía ver la luna. El reverendo, tan alegre como siempre, iba silbando una canción que de cuando en cuando interrumpía para dirigir unas palabras de aliento a su caballo. Al llegar a un pequeño puente sobre una rambla vio una figura humana claramente perfilada contra el fondo gris del bosque brumoso. Sin duda era un buhonero, pues llevaba algo a la espalda y empuñaba una gruesa vara. Parecía abstraído, como si estuviera sonámbulo. El reverendo detuvo la carreta al pasar a su lado y, con un amable saludo, le invitó a subir, «si es que vamos en la misma dirección», añadió. El individuo levantó la cabeza y le miró a la cara, pero siguió inmóvil y en silencio. El señor Cummings, con su característica insistencia, repitió la invitación. Entonces la figura señaló con su mano derecha en dirección a la parte inferior del puente. El reverendo echó una mirada y, como no veía nada especial, fue a dirigirse de nuevo al buhonero: pero el buhonero había desaparecido. El caballo, que hasta entonces se había mantenido sor­prendentemente tranquilo, soltó un relincho y salió despavorido. Cuando el señor Cummings quiso ha­cerse con él, ya estaban en lo alto de una colina, a cien yardas del puente. Al mirar hacia él volvió a ver la figura, en el mismo sitio y con la misma actitud que la primera vez. Entonces, consciente de que algo so­brenatural estaba ocurriendo se dirigió hacia su casa a toda brida.

Al llegar contó a su familia lo ocurrido y a la mañana siguiente, muy temprano, volvió al lugar acompañado por dos vecinos, John White Corwell y Abner Raiser. El cuerpo del viejo Baker colgaba por el cuello de uno de los travesaños del puente, justo debajo del lugar en el que el reverendo había visto la aparición. Una gruesa capa de polvo, húmeda a causa de la niebla, cubría el suelo, pero las únicas huellas apreciables eran las del caballo.

Al descolgar el cadáver, los hombres removieron con sus pisadas el terreno blando y movedizo y descu­brieron unos restos humanos que, debido a la acción del agua y de la escarcha, estaban ya casi a la vista. Fueron identificados como los del buhonero desapa­recido. En la doble investigación que se llevó a cabo, el juez dictaminó que Daniel Baker se había quitado la vida en un momento de enajenación y que Samuel Moritz había sido asesinado por alguien cuya identi­dad se desconocía.


Un saludo frío

Éste es el relato que el difunto Benson Foley de San Francisco contó:

«En el verano de 1881 conocí a un tipo de Franklin (Tennessee) llamado James H. Conway. Había venido a San Francisco en busca de un clima saludable (¡pobre iluso!) y traía una carta de presentación del señor Lawrence Barting, al que yo había conocido durante la guerra civil. En aquella época el señor Barting era capitán del ejército federal; al acabar la guerra se estableció en Franklin y, con el tiempo, se convirtió en un abogado de prestigio. Siempre me pareció un hombre sincero y honrado, y la cordial amistad que expresaba en su carta por el señor Conway fue para mí prueba suficiente de que éste merecía mi estima y confianza. Una noche, mientras cenábamos, Conway me contó que Barring y él habían acordado solemne­mente que el primero que muriera intentaría comuni­carse con el otro desde el más allá; la manera de hacerlo había quedado a la elección del difunto (lo que me pareció muy sensato) y en función de las oportunida­des que las nuevas circunstancias le ofrecieran.

» Unas semanas después de esta conversación me encontré con el señor Conway que, con aspecto abs­traído, como si fuera pensando en algo, bajaba por la calle Montgomery. Me saludó fríamente con un ligero movimiento de la mano y continuó su camino, deján­dome plantado en medio de la acera en actitud de estrecharle la mano. Naturalmente, me sorprendí y me sentí ofendido. Al día siguiente me lo volví a encontrar en la recepción del Hotel Palace y como vi que iba a repetir la desagradable escena del día anterior, le blo­queé el paso en el quicio de la puerta y con un saludo amigable le pedí una explicación sobre la alteración de sus modales. Después de un momento de duda, me miró con franqueza y me dijo:

» -No creo, señor Foley, que tenga ya ningún derecho a su amistad, pues parece que el señor Barring me ha retirado la suya. Le aseguro que no sé por qué razón. Si aún no le ha informado, no creo que tarde.

» -No he tenido noticia alguna del señor Barting -repliqué.

» -¡Noticias! -repitió con aparente sorpresa-. Pero si está aquí. Me lo encontré ayer, diez minutos antes de cruzarme con usted. Por eso le saludé exactamente del mismo modo que él lo había hecho. Hace menos de media hora que me lo he vuelto a encontrar y su gesto ha sido el mismo: una simple inclinación de cabeza y se acabó. Gracias por su amabilidad señor Foley. Buenos días, o mejor dicho, adiós.

» El comportamiento del señor Conway me pareció de una delicadeza y consideración singulares.

» Como las situaciones dramáticas y sus efectos literarios no son mi cometido, he de decir que el señor Barring había muerto. Su fallecimiento se había pro­ducido cuatro días antes de mi conversación con el señor Conway. Decidí visitarle e informarle de la desaparición de nuestro común amigo, mostrándole la carta que así lo comunicaba. Le afectó de tal modo que resultaba imposible dudar de sus sentimientos.

» -Parece increíble -dijo, tras un momento de reflexión-. Debí confundir a otra persona con Barring y aquel frío gesto no pudo ser otra cosa que la contes­tación que un desconocido hacía a mi saludo. A decir verdad, recuerdo que aquel individuo, a diferencia de Barring, no llevaba bigote.

» -Sin duda era otro hombre -asentí-, y no volvimos a mencionar el asunto. Pero yo guardaba en el bolsillo una fotografia de Barring que su viuda me había envia­do en la carta: había sido tomada una semana antes de su muerte y en ella Barring no llevaba bigote.


Un telegrama

En el verano de 1896 el señor William Holt, un industrial rico de Chicago, estaba pasando una tem­porada en una pequeña ciudad en el centro del estado de Nueva York, cuyo nombre no recuerdo. Holt había tenido «problemas conyugales» que habían conducido a su separación un año antes. Si aquello fue algo más serio que «incompatibilidad de caracteres», él es el unico que lo sabe, pues no es hombre al que le guste hacer confidencias. Sin embargo, sí contó el incidente aquí registrado al menos a una persona, sin exigirle compromiso de silencio alguno. El señor Holt reside actualmente en Europa.

Una tarde salió de casa de su hermano, en donde estaba residiendo, con la intención de dar un paseo por el campo. Hay que suponer (cualquiera que sea el valor de la suposición en relación con lo que se dice que ocurrió) que su mente debía estar ocupada en reflexio­nes sobre su infelicidad conyugal y los cambios que ello había producido en su vida. De cualquier modo, fueran cuales fueran sus pensamientos, estaba tan absorto en ellos que no reparó en el paso del tiempo ni en la dirección que llevaban sus pasos: sólo sabía que había traspasado los límites de la ciudad y que se encontraba en alguna comarca siguiendo una carretera que no se parecía en nada a la que había tomado al salir de la ciudad. En resumen, se había perdido.

Al darse cuenta de la situación, sonrió: el centro del estado de Nueva York no es una región peligrosa ni tampoco una zona por la que se pueda andar extravia­do mucho tiempo. Dio media vuelta y volvió por donde había venido. Al cabo de un rato observó que el paisaje se tornaba más nítido, más reluciente. Todo parecía cubierto por un suave resplandor rojizo que hacía que su sombra se proyectara delante de él, sobre la carretera. «La luna está saliendo», se dijo. Entonces recordó que era época de luna nueva y que, aunque ese globo juguetón estuviera en uno de sus momentos de visibilidad, ya debería haberse puesto hacía tiempo. Se detuvo y empezó a buscar la fuente de aquel fulgor que se extendía con tanta rapidez. Al moverse, su sombra giró y volvió a aparecer sobre la carretera, delante de él. La luz seguía a su espalda, lo que le resultó sorpren­dente e incomprensible. Dio media vuelta varias veces, con la mirada puesta en cada punto del horizonte: la sombra estaba siempre delante y el resplandor, «un resplandor inmóvil, de un rojo terrible», detrás.

Holt estaba asombrado -«pasmado» es la palabra que empleó- aunque parecía conservar una cierta sensatez curiosa. Para comprobar la intensidad de aquel fenómeno cuya naturaleza y origen desconocía, se quitó el reloj e intentó distinguir los números de la esfera. Se veían con claridad y las agujas señalaban las once y veinticinco. En aquel instante la luz misteriosa emitió un intenso destello, casi cegador, y todo el cielo enrojeció; las estrellas se apagaron y su desfigurada sombra salió disparada por el paisaje. Junto a él, aunque a un nivel considerablemente más elevado, estaba la figura de su mujer que, en camisón, abrazaba a su hijo contra el pecho. Le miraba con una expresión que, como más tarde reconocería, era incapaz de des­cribir, pues no parecía de este mundo

El destello momentáneo fue seguido por una repen­tina oscuridad en la que aún se podía distinguir la aparición blanca e inmóvil; luego, desapareció lenta­mente como ocurre con las imágenes que permanecen en la retina después de cerrar los ojos. Más adelante, el señor Holt recordaría algo que apenas había adver­tido en aquel momento: sólo pudo ver la mitad supe­rior de la figura.

La oscuridad no era absoluta, pues todos los objetos que le rodeaban se fueron haciendo visibles gradual­mente.

Al amanecer, Holt vio que estaba entrando en la ciudad por el camino opuesto al que había seguido para salir. Llegó a casa de su hermano, que apenas le reconoció, con los ojos hinchados por no haber dormido, y grises como los de las ratas. Con gran incoherencia, relató lo que le había ocurrido.

-Vete a la cama -le dijo su hermano-, y espera. Ya hablaremos de esto.

Una hora más tarde llegó el telegrama predestinado: la casa de Holt, situada en un barrio residencial de Chicago, había sido destruida por un incendio. Su mujer, cercada por las llamas, se encaramó en una de las ventanas superiores, con su hijo en brazos. Allí permaneció un rato, inmóvil y aturdida. Cuando los bomberos se acercaban con la escalera, el suelo cedió y no se la volvió a ver.

En el momento en que este horror alcanzaba su punto culminante eran las once y veinticinco.


Una detención

Orrin Brower, de Kentucky, huyó de la justicia tras haber asesinado a su cuñado. Una noche, después de golpear al carcelero con una barra de hierro y robarle las llaves, abrió la puerta y se escapó de la cárcel del condado, donde le habían encerrado en espera de juicio. Como el carcelero no llevaba armas, no pudo conseguir nada con lo que defender su recobrada libertad. Una vez fuera de la ciudad, cometió la locura de internarse en el bosque. Esto ocurrió hace muchos años, cuando la región era más frondosa que en la actualidad.

La noche era cerrada, sin luna ni estrellas, y como no vivía por allí ni conocía la zona, no tardó mucho en perderse. No sabía si se alejaba o se acercaba a la ciudad -algo fundamental en su situación. En cual­quier caso, era consciente de que una partida de ciu­dadanos con una jauría de perros estaría pronto tras su pista y que sus posibilidades de escapar eran míni­mas. Pero aun así no tenía la intención de colaborar en su propia captura: una hora más de libertad merecía la pena.

Al salir del bosque se encontró de repente en una vieja carretera. Ante él vislumbró la figura de un hombre inmóvil en la oscuridad. No podía retroceder: sentía que al menor movimiento de retirada, según explicaría después, «le llenaría de plomo.» Los dos permanecieron rígidos como palos; a Brower casi se le salía el corazón por la boca; del otro, nunca se supieron sus emociones.

Al cabo de un momento, que podría haber sido una hora, la luna apareció en un claro del cielo y el fugitivo vio al representante de la ley levantar su arma y apuntar hacia él. Comprendió perfectamente y, tras dar media vuelta, comenzó a caminar sumisamente en la direc­ción que le indicaban, sin atreverse a mirar ni a derecha ni a izquierda. Le daba miedo hasta respirar, pues no quería ver su cabeza llena de perdigones.

Brower era un criminal tan valiente como cualquie­ra de los que van a la horca; esto se deducía de las condiciones extremadamente peligrosas en las que había asesinado fríamente a su cuñado. No tiene sen­tido alguno relatarlas aquí, pero cuando salieron a relucir en el juicio, la revelación de la calma que había demostrado en dichas circunstancias casi le salva el pescuezo. En fin, qué se le va a hacer: cuando un hombre valiente es vencido, no le queda otra solución que rendirse.

Continuaron su camino hacia la cárcel siguiendo la vieja carretera a través de los bosques. Una sola vez se arriesgó a volver la cabeza: cuando pasaba a través de una sombra y sabía que el otro estaba recibiendo la luz de la luna. El que le había capturado era Burton Duff, el carcelero. Estaba pálido como la muerte y tenía una ostensible marca sobre la ceja, producida por el golpe con la barra de hierro. Orrin Brower no volvió a expresar su curiosidad.

Al final llegaron a la ciudad que, aunque ilumina­da, estaba desierta. En las casas sólo quedaban las mujeres y los niños. El criminal se dirigió hacia la cárcel. Cuando llegó a la entrada principal, puso su mano sobre el picaporte de la pesada puerta de hierro y la abrió: frente a él había media docena de hombres armados. Entonces se dio la vuelta: no había nadie tras él.

En el pasillo, sobre una mesa, yacía el cuerpo sin vida de Burton Duff.


sábado 3 de octubre de 2009

Los Cazafantasmas



¿Se acuerdan de los Cazafantasmas? ¿Tanto de la película como de la serie animada? Si no se acuerdan –o fingen no acordarse- es totalmente comprensible, lo que no lo es tanto es una tercera parte de Los Cazafantasmas, quizás para el 2010, con el regreso de todos sus protagonistas principales: Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis y Ernie Hudson –este ultimo es el cazafantasmas negro que llego al ultimo… Si, había un cazafantasmas negro-, quienes volverán a hacer sus mismos roles, solo que esta vez viejos, cansados, jubilados y definitivamente sin ganas de “seguir mirando hacia la oscuridad”


(Premio para quien diga a que película estoy parodiando con esta ultima frase)


En fin, a lo nuestro, una curiosidad: Los Cazafantasmas vs Kutulhu.


Parte 1


Parte 2


Peter: Hola Egon. ¿Cómo está la escuela? Apuesto a que esas chicas científicas están muy interesadas en tu gran cráneo, ¿eh?

Egon: Yo creo que están más interesadas en mi epidídimo
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Egon: Vigo el Carpatiano. Nacido en 1505, muerto en 1610

Peter: 105 años, hasta ahí aguantó ¿no?

Ray: Él no murió de viejo. Fue envenenado, acuchillado, ahorcado, estirado, desmembrado, ahogado y descuartizado

Peter: Ouch

Winston: Supongo que no era muy popular

Egon: No era exactamente un hombre del pueblo. Conocido tambén como Vigo el Cruel, Vigo el Torturador, Vigo el Despiadado y Vigo el Profano.

Peter: ¿También era conocido cómo Vigo el Marimacho?
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Productor del Show: Ningún psíquico respetable vendrá al programa. Piensan que eres un fraude

Peter: SOY un fraude
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Alcalde: Ser miserable y tratar a las otras personas como basura es un regalo que Dios nos dió
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Peter: Sabes, me he topado con muchas rubias tontas en mi vida, pero tú te llevas el premio. ¡Sólo un carpatiano que vuelve a la vida elegiría a Nueva York! ¡Bonita elección, estúpido! Si tuvieras cerebro en esa cabeza de melón arriba de tu cuello, estarías viviendo la dulce vida en el bello Valle de San Fernando en el Sur de California
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Louis: Su Señoría, damas y caballeros del jurado, yo no creo que es justo llamar fraude a mis clientes. Seguro que el apagón fue un problema para todos. Yo me quedé atrapado en un elevador por dos horas y con ganas de ir al baño. Pero no los culpo, porque una vez me convertí en un perro y ellos me ayudaron. Gracias
[La corte está en silencio]

Egon: Muchas gracias Louis. Corto pero inservible
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Dana. Su nombre es Oscar

Peter: Tiene el nombre de una salchicha, tú, pobre, pobre hombre
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Egon: Quisiera hacerle unas pruebas ginecológicas a la madre
Peter: ¿Quién no?
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Ray: [Luego de la insultante fiesta de cumpleaños] Malagradecidos niños. Después de todo lo que hicimos por la ciudad

Winston: Sí, llamamos a un hombre de malvavisco gigante, hicimos explotar tres pisos de un edificio y nos demandó cada ciudad, estado y agencia de Nueva York

Ray: Sí... pero que día
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Dana: Bien, pero luego de la cena no quiero que intentes usar alguno de tus viejos trucos baratos. Es diferente ahora

Peter: ¡Oh, no! Ahora tengo trucos baratos nuevos
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Fiscal: Entonces, ¿está diciendo que su área de trabajo es lo sobrenatural?

Peter: Gatita, creo que lo que digo es que, algunas veces, las cosas pasan y alguien tiene que lidiar con eso y, ¿a quién vas a llamar?
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Ray: ¿Dices que nunca tuviste un resorte?

Egon: Tuve parte de uno... pero lo alargué
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Elaine: De acuerdo con mi fuente, el fin del mundo será el catorce de febrero en el año 2016

Peter: San Valentín. Qué plomazo. ¿Dónde conseguiste tu fecha, Elaine?


Elaine: Recibí información de un alien. Estaba sentada en el bar, sola, y este alien se me acercó. Comenzó a hablarme y me compró una bebida. Entonces debió haber usado un aparato de control mental porque me forzó a seguirlo a su habitación y ahí fue donde… me contó acerca del final del mundo


Peter: Entonces... ¿tu alien tenía una habitación en el Holiday Inn, Paramis?


Elaine: Pudo haber sido una habitación en su nave espacial que se parecía al hotel. No estoy segura de eso, Peter
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[El assitente del alcalde acaba de ser rudo con Peter]
Peter: Oye, soy un votante, ¿no se supone que debes mentirme y besar mi trasero?
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Peter: [Afuera de la corte] Somos los mejores. Somos bellos. Somos los únicos Ghostbusters


Ray: Volvimos
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[A los pies de la Estatua de NY]
Peter: Te hace maravillarte ¿No?


Ray: ¿Qué cosa?

Peter: Que esté desnuda bajo esa toga. Ya sabes, es francesa
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Ray: ¿Crees que hay alguna conexión entre este tal Vigo y el limo?

Egon: ¿Es el peso atómico del cobalto 58.9?
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Peter: ¿Ha estado afuera ultimamente? ¿Sabe qué es lo raro allá afuera? Nos contamos a nosotros mismos. Al parecer hay tres millones de miserables pendejos viviendo en el area tri estatal

Hardemeyer: ¡Por favor!

Peter: Disculpen, tres millones uno
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Peter: ¡Do!

Ray: ¡Re!

Egon: ¡Egon!

Mi = Me = yo en ingles.


Gracias a egonspeng





El no esta muy contento con esta entrada.



jueves 24 de septiembre de 2009

Un pequeño paso para el Hombre





“Hermoso. Hermoso. Magnífica desolación.”

Buzz Aldrin, en respuesta a las primeras

y más famosas palabras de Neil Armstrong,

Luna, julio de 1969


La misión Apolo 11 regresó con dos cajas de muestras de rocas selenitas, que fueron analizadas en los laboratorios u obsequiadas a las naciones amigas. Insertadas ajustadamente entre el instrumental, eran plateada una y de aluminio la otra, y fueron abiertamente manipuladas mediante un aparejo de cinta plana y fotografiadas al regreso. Sin embargo, el aspecto más secreto de la misión fue que las cajas no llegaron vacías a la Luna. Adentro se embalaron ciertos objetos que aún están allí, enterrados en un sitio indeterminado, cercano al del alunizaje.


La carrera espacial había estado indudablemente inspirada en el patriotismo y la ideología, y los EEUU deseaban ostensiblemente demostrar que estaban delante de los soviéticos en tecnología espacial y militar llegando primeros a otro cuerpo celeste. Otra causa, secreta y oscura, inspiraba a un puñado de hombres situado cerca de la cúspide del poder, a llegar al satélite cuanto antes: Urgía sacar del planeta ciertos objetos que amenazaban la misma existencia de la raza humana.


El primero de ellos provenía del sudoeste del Reino Unido y había sido custodiado por más de tres siglos en los sótanos de la Torre de Londres. Durante una tormenta eléctrica en medio de un súbito huracán en 1638, la iglesia de Dartmoor fue atacada por rayos esféricos que mataron a varios de los feligreses. La leyenda local decía que un jugador de cartas había hecho un pacto con el diablo, que se consumaría cuando aquél se durmiera en el templo. Sucedió, y el diablo reclamó su alma. Al partir, los ases de la baraja del condenado habrían caído al suelo, y fueron conservados y exhibidos en la vecina posada de Warren House. En relatos más verídicos, el supuesto jugador era un brujo que invocó la tormenta y en ella, a un ser que llegó desde un cielo oscuro entre globos de luz coloreada y que el hechicero dirigió contra los fieles que lo hostigaban a causa de sus artes negras. Cuando el visitante regresó a las alturas, la enloquecida población despedazó al nigromante y saqueó su morada. En ella estaba el objeto que, al costo de millones de dólares y los mejores esfuerzos de los científicos más calificados, sería enterrado en el Mar de la Tranquilidad.


Dos siglos y medio más tarde, en 1897, un objeto no identificado cayó sobre el molino de un juez en Aurora, Texas. Su tripulante, que las crónicas periodísticas identifican como “de otro mundo”, fue enterrado en el cementerio local, en una tumba sin lápida.


En 1973 los investigadores de OVNIs de MUFON descubrirían allí una futurista aleación de aluminio y hierro, una lápida con un disco volador grabado en ella, un pozo sellado con concreto donde se habrían arrojado los restos de la nave. Pero habían llegado tarde: el objeto más significativo y anormal, que hubiera trastornado no obstante sus especulaciones racionalistas, estaba ya en la Luna.


Pocos años más tarde, los investigadores de una serie de crímenes en una localidad perdida de la llanura bonaerense allanaron un rancho y encontraron al morador indígena y principal sospechoso asesinado de un balazo en la frente. La casilla había sido incendiada, pero la combustión incompleta había preservado el cadáver y una estela de material desconocido que las manos de éste aferraban aún. La autopsia reveló que la bala era de plata y que el indio era casi bicentenario. El caso llegó a oídos alertas y la estela, olvidada en un museo policial, fue robada y puesta a buen recaudo hasta su inclusión en la caja plateada.


En 1947 y en la isla de Maury, estado de Washington, seis objetos luminosos se precipitaron sobre el bote de un marino que recogía troncos con su hijo y dejaron caer un trozo de escoria que mató a su perro. A la mañana siguiente, un extraño agente lo visitó para amenazarlo, aunque él no había hecho público el encuentro. A pesar de las intimidaciones, el marino lo contó a su jefe y éste llamó al ejército; años después, el superior, que llevó una vida signada por las conspiraciones, fue detenido durante el asesinato del presidente que impulsó el programa espacial y la conquista de la Luna. El avión que llevaba a los investigadores militares de regreso con evidencia del encuentro se estrelló en un lugar que no se identificó hasta sesenta años más tarde. El ente que había desencadenado el contacto, o más bien su imagen, viajaba entretanto hacia el desierto en el baúl del Buick flamante del visitante de la primera mañana, donde sería custodiado en espera de su transferencia a un sitio seguro. Fuera de la Tierra.


El incidente que decidió finalmente la misión se produjo en Point Pleasant, Virgina del Oeste, a fines de 1966, cuando dos matrimonios fueron interceptados y perseguidos por un ser enorme de ojos rojos y alas membranosas, rodeado de esferas de luz de diversos colores. En las noches subsiguientes aterrorizó a los vecinos y acechó las ventanas. Lo llamaron Hombre Polilla. Tras una oleada de contactos telepáticos proféticos, globos de luz inteligente, apariciones de extraterrestres e histeria colectiva, arrasó un puente sobre el río Ohio, con un saldo de 46 víctimas. Una secta del cercano Charleston, integrada principalmente por hispanos y mestizos, fue detenida esa noche e internada en una prisión secreta de Wyoming. Sus creencias y prácticas eran tan repulsivas que nunca volvieron a tener contacto con otros humanos, ni entre ellos.


El ídolo que usaban para invocar al ser de las estrellas se sumó a una colección ya intolerable. Fanáticos tenaces rondaban los sitios donde se guardaban, aunque se los mantuviera en secreto, y los crímenes rituales se multiplicaban. Para mayor alarma, las detonaciones nucleares en cierta ciudad submarina detectada bajo el Pacífico no habían dado el fruto esperado, y la contaminación radioactiva era ahora enorme, produciendo miles de casos de cáncer de estómago y la protesta de gobiernos amigos. Acciones similares en Mururoa habían sido más efectivas, ya que al menos habían erradicado a los visitantes superficiales, pero aparecían insuficientes. El próximo incidente podía involucrar a miles en una gran ciudad y desatar el pánico. Era un problema extraordinario que requería una solución extraordinaria. De este modo se llenó la primera caja.


La otra estaba repleta de libros, mayormente en latín: El Museo Británico, la Universidad de Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Paris, las Universidades de Arkham y Harvard, Massachussets y la Universidad de Lima habían cedido con alivio sus copias, irritados por los lectores curiosos, e inquietos a causa de ciertos investigadores fanáticos. A último momento se agregó el tomo de la Biblioteca Secreta del Vaticano. Había también tres ejemplares en griego: una requisada en Salem, Massachussets, durante la caza de brujas; el volumen del Monasterio de San Juan el Divino de Patmos, y el de la Biblioteca Marciana de Venecia, que databa de la caída de Constantinopla. Dos originales árabes, uno hallado en Mokka por un comerciante vienés de café, cerca de la casa donde vivió Rimbaud, y el otro proveniente de Basora. El bloque comunista confió siete ejemplares más, provenientes de Kazan y Cracovia, Berlín y Praga, Samarcanda, Beijin y Huang-Zou. La historia enseñaba que no era viable destruir esos libros, porque habían sobrevivido a quienes lo intentaban, pero en breve quienes desearan consultar sus hechizos deberían emprender un viaje largo y difícil. Además, en todas las copias se destruyó la página setecientos cincuenta y uno.


Meses y años de preparativos y valijas diplomáticas se elevaban en una llama purificadora que surcó el espacio y se posó en la Luna. Sorprende saber que las evoluciones de los astronautas de Apolo 11 en las escasas dos horas y media de su caminata lunar se limitaron al territorio de una cancha de fútbol: Si imaginamos el módulo estacionado en un extremo de la medialuna del área, los traslados se concentran en la misma mitad del campo, de un corner hasta el lateral opuesto. Un recorrido aislado de Armstrong cruza hasta el imaginario punto penal de la otra área, el borde del llamado Cráter Este. Suponemos que allí llevó las dos bolsas protegidas por extraños símbolos que ocupaban las cajas, y allí están ahora, donde nadie pueda emplearlos ya, ni asomarse a los abismos malignos de cierto trapezoedro de cristal, el ejemplar más aterrador en ese terrible conjunto.


Finalmente cargaron los Contenedores de Muestras de Retorno, llenos ahora con veinte quilos de piedras lunares, en sus colocaciones entre el instrumental, subieron y cerraron la escotilla, durmieron unas horas siguiendo el programa. Descubrieron que la llave de encendido para el retorno estaba rota; el bolígrafo de Aldrin permitió la ignición de partida.


Mientras el vehículo emprendía el regreso, los escapes de los impulsores derribaron la bandera plantada demasiado próxima a la nave, empujaron polvo lunar sobre el agujero recién cubierto en el cráter, estremecieron la placa que testimoniaba el viaje, grabada con imágenes de la Tierra y las firmas de los astronautas y el presidente Nixon.


Una leyenda breve proclamaba la misión del viaje: “Los hombres del planeta Tierra pusimos por vez primera nuestros pies en la Luna, Julio 1969 DC. Vinimos en busca de paz para toda la Humanidad”.


Por Claudio Casco, de Los que nos comimos a Cthulhu





lunes 14 de septiembre de 2009

Gusanos de la tierra, de Robert E. Howard


Un atardecer grisáceo cruzó a pie los pantanos, una austera figura, oscuramente recortada contra el apagado fuego escarlata del crepúsculo. Sentía la increíble antigüedad de la tierra que dormitaba, mientras caminaba como el último hombre el día después del fin del mundo... Pero al fin vio una muestra de vida humana..., una miserable choza de barro y juncos, oculta en el seno de los cañaverales del pantano.

Una mujer le saludó desde la puerta abierta, y los sombríos ojos de Bran se entrecerraron con una oscura sospecha. La mujer no era vieja, pero la maligna sabiduría de las eras se hallaba en sus ojos; sus vestidos eran escasos y miserables, sus negros rizos enredados y descuidados, dándole un aspecto de salvajismo bien acorde con sus desagradables alrededores. Sus labios rojos reían, pero no había alegría en su risa, sólo un atisbo de burla, y bajo los labios sus dientes aparecían agudos y afilados como colmillos.

—¡Entrad, señor! —dijo—. Si no teméis compartir un techo con la bruja del paramo de Dagón...

Bran entró silencioso, y tomó asiento en un banco roto mientras la mujer se atareaba con el parco guiso que se cocía sobre un fuego en el escuálido hogar. Estudió sus movimientos flexibles, casi serpentinos, las orejas prácticamente puntiagudas, los ojos amarillos curiosamente oblicuos.

—¿Qué buscas en los pantanos, mi señor? —preguntó, volviéndose hacia él con un flexible giro de todo su cuerpo.

—Busco una Puerta —respondió él, la mejilla apoyada en el puño—. ¡He de cantarle una canción a los gusanos de la Tierra!

Ella se enderezó de golpe, y una tinaja cayó de sus manos para hacerse añicos en el suelo.

—Feas palabras, incluso pronunciadas en chanza —tartamudeó.

—No hablo para bromear, sino a propósito —respondió él. Ella meneó la cabeza.

—No sé a qué os referís.

—Bien que lo sabéis —replicó él—. ¡Cierto, bien que lo sabéis! Mi raza es muy vieja... Reinaron en Inglaterra antes de que las naciones de los celtas y los helenos nacieran del útero de los pueblos. Pero mi gente no fue la primera en Inglaterra. Por las pecas de tu piel, por tus ojos oblicuos, por la sangre de tus venas, hablo sabiendo lo que digo y queriéndolo decir.

Ella permaneció silenciosa un rato, los labios sonrientes pero el rostro inescrutable.

—¿Estás loco acaso? —preguntó—. ¿Acaso en tu locura vienes buscando aquello de lo que los hombres más bravos huyeron aullando en tiempos antiguos?

—Busco una venganza —respondió él— que sólo puede ser cumplida por Aquellos a los que busco. Ella meneó la cabeza.

—Has prestado oídos al canto de un pájaro; has soñado sueños vacíos.

—He oído el siseo de una víbora —gruñó él—, y no sueño. Basta de tejer palabras. He venido buscando el eslabón entre dos mundos; y lo he encontrado.

—No he de mentirte más, hombre del none —respondió la mujer—. Los que buscas moran bajo las colinas dormidas. Se han apartado, más y más lejos del mundo que conoces.

—Pero siguen aventurándose en la noche para capturar mujeres perdidas en los páramos —dijo él, contemplando sus ojos oblicuos.

Ella rió perversamente.

—¿Qué quieres de mí?

—Que me lleves a Ellos.

Ella echó atrás la cabeza riendo despectivamente. La mano izquierda de Bran se cerró como si fuera de hierro sobre la pechera del miserable vestido de la mujer, y la derecha aferró el puñal. Ella se le rió en la cara.

—¡Golpea y te condenarás, mi lobo del norte! ¿Acaso crees que mi vida es tan dulce como para que me aferré a ella, igual que el recién nacido al pecho?

Bran apartó la mano.

—Tienes razón. Amenazar es estúpido. Compraré tu ayuda.

—¿Cómo?

La voz sonriente zumbaba con irrisión. Bran abrió su faltriquera y derramó en su palma abierta un torrente de oro.

—Más riqueza de la que nunca soñaron los hombres de los pantanos.

Ella rió de nuevo.

—¿Qué es para mí ese metal oxidado? ¡Guárdalo para alguna romana de blancos senos que jugará a traicionar por ti!

—¡Dime un precio!—la urgió él—.La cabeza de un enemigo...

—Por la sangre de mis venas, con su herencia de odio antiguo, ¿quién es mi enemigo sino tú?

Rió y, saltando, le golpeó como una gata. Pero su daga se hizo pedazos en la cota de malla bajo la capa, y él la rechazó con un despectivo giro de la muñeca que la arrojó sobre el lecho cubierto de hierba. Tendida allí, ella se rió de él nuevamente.

—¡Te diré el precio, lobo mío, y puede que en días venideros maldigas la armadura que rompió la daga de Aria! —Se levantó y se le acercó, aferrando ferozmente la capa de Bran con sus manos inquietantemente largas—. ¡Te lo diré, Bran el Negro, rey de Caledonia! ¡Oh, sí, te conocí cuando llegaste a mi choza con tu negra cabellera y tus fríos ojos! Te conduciré a las puertas del Infierno si lo deseas..., ¡y el precio será los besos de un rey!

»¿Qué ha sido de mi vida, destrozada y amarga?... Los hombres me aborrecen y me temen. ¡No he conocido el amor de los hombres, el abrazo de un brazo fornido, el aguijón de los besos de hombre, yo, Ada, la mujer-bestia de los páramos! ¿Qué he conocido salvo el solitario viento de los pantanos, el horrendo fuego de los fríos crepúsculos, el susurrar de las hierbas de los pantanos?... Los rostros que me hacen guiños en las aguas de las lagunas, la pisada de la noche..., cosas en las tinieblas, el destello de ojos rojizos, el horrible murmullo de criaturas innombrables en la noche...

»¡Al menos, soy medio humana! ¿Acaso no he conocido la pena, el ansia y el dolor sollozante, y el terrible desgarro de la soledad? Dámelos, rey..., dame tus besos feroces y tu doloroso abrazo de bárbaro. Luego, en los largos años venideros, no llegaré a roer mi corazón en la vana envidia de las mujeres de blancos senos, pues tendré un recuerdo del que pocas pueden alardear... ¡Los besos de un rey! ¡Una noche de amor, oh rey, y te guiaré a las puertas del Infierno!

Bran la contempló sombríamente; tendió la mano y le aferró el brazo con sus dedos de hierro. Un estremecimiento involuntario le sacudió al contacto de su piel resbaladiza. Asintió lentamente y, atrayéndola hacia sí, inclinó la cabeza para encontrar los labios que se le ofrecían.



Ya hablaremos mas adelante y con más detalle de Robert E. Howard, padre (junto con Tolkien) del género literario de la fantasía épica, por mientras, una –muy buena- recomendación.


Los gusanos de la tierra.