lunes 15 de febrero de 2010

Espanto en las alturas, de Arthur Conan Doyle



“Un visitante ajeno a nuestro planeta podría realizar mil descensos en éste sin ver jamás un tigre. Sin embargo, los tigres existen, y si ese visitante descendiera en el interior de una selva, quizá fuese devorado por ellos. Pues bien: en las regiones superiores del aire existen selvas y habitan en ellas cosas peores que los tigres. Yo creo que se llegará, andando el tiempo, a trazar mapas exactos de esas selvas y junglas. Hoy mismo podría yo citar los nombres de dos de ellas. Una se extiende sobre el distrito Pau—Biarritz, en Francia: la otra queda exactamente sobre mi cabeza en este momento, cuando escribo estas líneas en mi casa de Wiltshire. Y estoy por creer que existe otra en el distrito de Homburg—Wiesbaden.

Empecé a pensar en el problema al ver cómo desaparecían algunos aviadores. Claro está que todo el mundo aseguraba que habían caído en el mar; pero yo no me quedé en modo alguno satisfecho con esa explicación. Por ejemplo, el caso de Verrier en Francia: su aparato fue encontrado en las proximidades de Bayona, pero nunca se descubrió el paradero de su cadáver. Vino después el caso de Baxter, que desapareció, aunque su motor y una parte de la armazón de hierro fueron descubiertos en un bosque de Leicestershire. El doctor Middleton, de Amesbury, que seguía el vuelo de ese aviador por medio de un telescopio, declara que un momento antes de que las nubes ocultasen el campo visual, vio cómo el aparato, que se encontraba a enorme altura, picó súbitamente en línea perpendicular hacia arriba, y dio una serie de respingos sucesivos de que él jamás habría creído capaz a un aeroplano. Esa fue la última visión que se tuvo de Baxter. Se publicaron en los periódicos cartas, pero no se llegó a nada concreto.

Ocurrieron otros casos similares, y de pronto se produjo la muerte de Harry Connor. ¡Qué cacareo se armó a propósito del misterio sin resolver que se encerraba en los aires. y cuántas columnas se imprimieron a ese respecto en los periódicos populares; pero qué, poco se hizo para llegar hasta el fondo mismo del problema! Harry Connor descendió desde una altura ignorada y lo hizo en un fantástico planeo. No salió del aparato y murió en su asiento de piloto. ¿De qué murió? Enfermedad cardíaca, dijeron los médicos. ¡Tonterías! El corazón de Connor funcionaba tan a la perfección como funciona el mío. ¿Qué fue lo que dijo Venables? Venables fue el único que estaba a su lado cuando Connor murió. Dijo que el piloto temblaba y daba la impresión de un hombre que ha sufrido un susto terrible. Murió de miedo, afirmó Venables; pero no podía imaginarse qué fue lo que le asustó (…) ¡Monstruos! Esa fue la última palabra que pronunció el pobre Harry Connor.”


Sir Arthur Conan Doyle nació en Edimburgo el 22 de mayo de 1859. Estudió medicina y la ejerció en Southsea (Inglaterra).

Creador del personaje Sherlock Holmes, detective de increíble sagacidad, y de su ayudante, el Dr. Watson. El primer relato (de un total de 68) donde aparece aquel personaje lo pulicó en 1887, y sus características las basó en un profesor que conoció en la universidad. La popularidad de todas sus novelas aún sigue viva hoy en día: Estudio en Escarlata (1882), El Signo de los Cuatro (1890), Las Aventuras de Sherlock Holmes (1892), Memorias de Sherlock Holmes (1894), El Sabueso de los Baskerville (1902), etc.

En 1902 fue nombrado Lord. Murió el 7 de julio de 1930 en Crowborough (Sussex).

Espanto en las alturas

La catacumba nueva

El caso de Lady Sannox

El gato del Brasil

El experimento del doctor Kleinplatz

Una excentricidad de Sir Arthur: Houdini, las mediums y fotos de hadas




Sir Arthur después de haber escrito El problema final, en aquel tiempo aun creía que se había librado definitivamente de Sherlock Holmes